viernes, 23 de marzo de 2018

PEPPERMINT FRAPPÉ, DE CARLOS SAURA (8:20-9:13)


La escena comienza con una conversación entre Julián, interpretado por José Luis López Vázquez, y Beatriz, madre del personaje de Pablo, interpretado por Alfredo Mayo. En la escena aparecen en un plano medio corto, tomando té en el salón de la madre y hablando sobre cuándo se casará Julián. “Ya va siendo hora”, según Beatriz.

El siguiente plano muestra, desde un nuevo ángulo en escorzo, a los dos personajes en un plano medio. Este plano es importante en la secuencia porque nos introduce un elemento que va a añadir un gran peso dramático en la puesta en escena: la escalera al fondo. Se nos muestra nuevamente la escalera, esta vez de forma ampliada en su parte superior, y surgen en el plano las piernas de Elena (Geraldine Chaplin), la mujer de Pablo, mientras va bajando los primeros peldaños.

El plano siguiente se concatena rápidamente, sin que el montador permita que Elena baje más de tres o cuatro escalones por el momento, y consiste en un primer plano de Julián sorbiendo té y mirando fijamente a las piernas en descenso. La cabeza de Beatriz, que aparece desenfocada en primera instancia, desaparece gracias a un trávelin lateral que fija la atención del espectador en la cara de Julián, ya ojiplático y dejando el té y la conversación de lado. En este punto la tensión comienza a crecer ostensiblemente.

El montador nos devuelve la visión de Elena bajando las escaleras. A medida que lo hace su cuerpo va entrando en el plano, llegando el punto en que se nos presenta completo, vestido enteramente de blanco. Es en el momento exacto en que emerge el rostro de Elena cuando comienza un ruido de tambores in crescendo. Como espectadores, la imagen combinada con el sonido nos invita a imaginarnos la expresión atónita de Julián, quien de hecho aparece de nuevo en el mismo primer plano completamente absorto. Este plano de Julián viene seguido de un zoom sobre la cara de Elena, ahora en primer plano; paralelamente, el progresivo aumento del ruido de tambores provoca que tanto la atención del personaje como del espectador sea máxima.

De pronto, el clímax y la zozobra. La escena cambia por completo: en blanco y negro, aparece en un pueblo, rodeada de hombres y de tambores y tocando un bombo, Elena, vestida con el mismo vestido blanco aunque con un peinado ligeramente distinto. Se suceden un primer plano, un plano medio y algunos planos detalle grabados con una cámara que se mueve agitadamente; adivinamos por la conexión del primer plano de Elena en casa de Beatriz con el nuevo primer plano que el punto de vista sigue siendo el de Julián. Este ejercicio audiovisual, de un expresionismo brutal, consigue varios efectos: transmite el desasosiego del personaje ante la visión de Elena descubriéndonos fulminantemente el nudo del argumento al mismo tiempo que aporta un alto grado de intriga al no conceder información concluyente sobre si se trata de un flashback o de una compleja ensoñación de Julián.


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