I, Tonya (2017) es la
adaptación cinematográfica de la vida de la patinadora estadounidense Tonya
Harding, conocida en su país tanto por su excelente técnica como por la
polémica generada tras un “incidente” que condicionó su carrera deportiva. La
película fue dirigida por Craig Gillespie y el personaje principal interpretado
por una inspirada Margot Robbie.
El hilo narrativo de la película
alterna fragmentos de entrevistas a los personajes principales ubicadas en el
presente con el propio desarrollo de la acción en el pasado. I,
Tonya es un largometraje bien narrado y visualmente dinámico y
atractivo que se desliza sin demasiadas contemplaciones a través de la temática
del sacrificio y la competitividad en el deporte para centrarse en las
experiencias personales de los protagonistas, particularmente tortuosas.
Tonya Harding se nos presenta
como una rara avis en la sociedad que
la rodea. Desmañada en lo social, desatenta, irritable e irritante, su
personalidad no encaja en una comunidad tan escrupulosa como la del patinaje
artístico de las décadas de los 80 y los 90. Su personaje es el debate mismo
entre el contenido y la forma, entre el talento puro y la manera en que este es
–o debe ser– exteriorizado y recibido por el resto.
Sin embargo, Harding no cumple
con el estereotipo del eterno incomprendido injustamente, sino más bien con
aquel de perdedor que se esfuerza por jugar mal sus cartas. Aun así, no podemos
obviar la dificultad con que la protagonista cuenta para jugar sus bazas de
forma adecuada, ya que lo insólito de su técnica va aparejado irremediablemente
a una serie de carencias idiosincráticas fruto, según nos da a entender la
película, de una educación férrea y falta de lisonjas.
Es en este punto donde para
nosotros aparecen las grietas del filme, al no parecer el director dispuesto a
renunciar a varios clichés a la hora de construir el entorno de Harding y las
relaciones entre protagonistas. LaVona Golden (Allison Janney), su madre, principal
condicionante de la infausta infancia de la patinadora, no se sale ni un ápice
del papel monolítico y exagerado de madre dictatorial desagradable, hasta el
punto de perder el personaje una parte importante de su credibilidad. En
nuestra opinión, al ocupar LaVona Golden un rol tan subordinante en el
desarrollo personal de su hija, la narración no podía permitirse este déficit
de verosimilitud sin caer de lleno en el recurso fácil, como así sucede.
Algo similar ocurre con el marido
de la patinadora, Jeff Gilloly (Sebastian Stan), quien, en inevitable contraste
con su esposa y némesis en la película, aparece como un personaje plano y sin
evolución, de quien solo pueden apreciarse unas pocas características: cierto
atractivo fatal, un carácter de maltratador incorregible y una tendencia
ineludible a ocasionarle cualquier género de problemas a su esposa, aun con
buenas intenciones. Ni que decir tiene la fastidiosa inclusión en la película
de una figura tan cacareada en la historia de la mala comedia hollywoodiense
como es la del torpe rollizo con ínfulas de protector del buen progreso de
maquinaciones y urdimbres disparatadas, en este caso encarnada por Shawn
Eckhardt (Paul Walter Hauser) en el papel de “guardaespaldas” de Harding.
Quizá para salvaguardar cierta
imagen de credibilidad durante la proyección de
los créditos, el director Craig Gillespie extrae algunos fragmentos de las
entrevistas originales realizadas a los protagonistas del relato auténtico.
Estos fragmentos aparecen ficcionados durante el metraje, hecho que –si
olvidamos la exageración con que la película trata los sucesos– permite poner
en duda nuestra reciente reflexión sobre la falta de credibilidad de los
personajes. Siendo conscientes de ello, resulta necesaria una apreciación final
que, aunque abierta a controversia, juzgamos aplicable en el caso presente. Y
es que suele decirse que, en el cine, al intentar exponer la realidad del modo
más fiel posible se corre el riesgo de perder verosimilitud, ya que como arte
es en ocasiones incapaz de absorber el abanico completo de matices contenidos
en nuestra cotidianeidad. Por este motivo creemos que, con preferencia a facturar un
producto imperfecto, es interesante plantearse la necesidad de realizar una
serie de concesiones a fin de que lo real pueda dejarlo de ser para
convertirse, paradójicamente, en verosímil. Queda a la libre consideración de
cada cual.
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