miércoles, 11 de abril de 2018

I, TONYA , DE CRAIG GILLESPIE (2017)


I, Tonya (2017) es la adaptación cinematográfica de la vida de la patinadora estadounidense Tonya Harding, conocida en su país tanto por su excelente técnica como por la polémica generada tras un “incidente” que condicionó su carrera deportiva. La película fue dirigida por Craig Gillespie y el personaje principal interpretado por una inspirada Margot Robbie.

El hilo narrativo de la película alterna fragmentos de entrevistas a los personajes principales ubicadas en el presente con el propio desarrollo de la acción en el pasado. I, Tonya es un largometraje bien narrado y visualmente dinámico y atractivo que se desliza sin demasiadas contemplaciones a través de la temática del sacrificio y la competitividad en el deporte para centrarse en las experiencias personales de los protagonistas, particularmente tortuosas.

Tonya Harding se nos presenta como una rara avis en la sociedad que la rodea. Desmañada en lo social, desatenta, irritable e irritante, su personalidad no encaja en una comunidad tan escrupulosa como la del patinaje artístico de las décadas de los 80 y los 90. Su personaje es el debate mismo entre el contenido y la forma, entre el talento puro y la manera en que este es –o debe ser– exteriorizado y recibido por el resto.

Sin embargo, Harding no cumple con el estereotipo del eterno incomprendido injustamente, sino más bien con aquel de perdedor que se esfuerza por jugar mal sus cartas. Aun así, no podemos obviar la dificultad con que la protagonista cuenta para jugar sus bazas de forma adecuada, ya que lo insólito de su técnica va aparejado irremediablemente a una serie de carencias idiosincráticas fruto, según nos da a entender la película, de una educación férrea y falta de lisonjas.

Es en este punto donde para nosotros aparecen las grietas del filme, al no parecer el director dispuesto a renunciar a varios clichés a la hora de construir el entorno de Harding y las relaciones entre protagonistas. LaVona Golden (Allison Janney), su madre, principal condicionante de la infausta infancia de la patinadora, no se sale ni un ápice del papel monolítico y exagerado de madre dictatorial desagradable, hasta el punto de perder el personaje una parte importante de su credibilidad. En nuestra opinión, al ocupar LaVona Golden un rol tan subordinante en el desarrollo personal de su hija, la narración no podía permitirse este déficit de verosimilitud sin caer de lleno en el recurso fácil, como así sucede.

Algo similar ocurre con el marido de la patinadora, Jeff Gilloly (Sebastian Stan), quien, en inevitable contraste con su esposa y némesis en la película, aparece como un personaje plano y sin evolución, de quien solo pueden apreciarse unas pocas características: cierto atractivo fatal, un carácter de maltratador incorregible y una tendencia ineludible a ocasionarle cualquier género de problemas a su esposa, aun con buenas intenciones. Ni que decir tiene la fastidiosa inclusión en la película de una figura tan cacareada en la historia de la mala comedia hollywoodiense como es la del torpe rollizo con ínfulas de protector del buen progreso de maquinaciones y urdimbres disparatadas, en este caso encarnada por Shawn Eckhardt (Paul Walter Hauser) en el papel de “guardaespaldas” de Harding.

Quizá para salvaguardar cierta imagen de credibilidad durante la proyección de los créditos, el director Craig Gillespie extrae algunos fragmentos de las entrevistas originales realizadas a los protagonistas del relato auténtico. Estos fragmentos aparecen ficcionados durante el metraje, hecho que –si olvidamos la exageración con que la película trata los sucesos– permite poner en duda nuestra reciente reflexión sobre la falta de credibilidad de los personajes. Siendo conscientes de ello, resulta necesaria una apreciación final que, aunque abierta a controversia, juzgamos aplicable en el caso presente. Y es que suele decirse que, en el cine, al intentar exponer la realidad del modo más fiel posible se corre el riesgo de perder verosimilitud, ya que como arte es en ocasiones incapaz de absorber el abanico completo de matices contenidos en nuestra cotidianeidad. Por este motivo creemos que, con preferencia a facturar un producto imperfecto, es interesante plantearse la necesidad de realizar una serie de concesiones a fin de que lo real pueda dejarlo de ser para convertirse, paradójicamente, en verosímil. Queda a la libre consideración de cada cual.

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